Hay un archivo digital perdido en un servidor en alguna parte del mundo con una historia muy peculiar.  Antes de ser un paquete de datos almacenado en una máquina, el archivo fue documento impreso; antes un manuscrito e incluso antes, cuando el lenguaje escrito todavía no había terminado de secarse, fue una serie de signos que en realidad no representaban ningún idioma y que llamaban al alma de alguien que había sufrido una gran injusticia. Marcas que manos desesperadas rasgaron al sentir que algo que no debería se le estaba arrancando y en parte quedó, en lo que luego se volvería el  “Archivo Atenea”.

Hay quien sitúan aquellas marcas en la autoría de las primeras mujeres de una religión u otra (Diosas, Venus o madres), pero en el debate se pierden todos como todos pierden la noción de cómo lograron encontrar al archivo que las contiene y es que el archivo nunca está en el mismo sitio y causa un efecto distinto en todas las personas que llegan a abrirlo.

Para muchos, el archivo Atenea es un virus, un anuncio “pop up” o es sólo una colección de imágenes sin sentido; para otros es un críptico símbolo o un misterio por resolver, pero para otros, y esos “otros” son más bien “otras” de una clase muy particluar, el archivo puede llegar a ser mucho más…

Para Seita Navarro lo fue. Fue ella de una clase muy particular.

Saber como hizo llegó el archivo hasta Seita sería incluso más difícil de comprender cómo un alma se vuelve una serie de palabras que luego se vuelven un algo que termina almacenado el algún servidor en algún lugar que nunca es el mismo, pero pese a toda probabilidad, Seita se topó con él archivo mientras revisaba su correo electrónico y su vida empezó a cambiar.

Los cambios en principio fueron menores, pero de a poco fueron mejorando el humor que se cargaba cuando por fin se acostaba a dormir. El viejo asqueroso de la tienda que la veía con ojos de taladro dejó de hacerle sonidos raros cuando le pasaba por enfrente, su jefe en la oficina nunca le hizo la millonésima propuesta carnal para subirle el sueldo, e incluso hubo quien le cedió un asiento en el metro cuando estaba muerta de cansancio… Luego la situación si se reveló como “evolutiva”. 

En evidencia de un cambio de lo que sería su vida después de abrir el archivo “Atenea”, lo impensable la encontró una tarde que asaltaron el pesero en el que iba.  Dos sujetos con pistola en mano recorrieron los bolsillos de todos los que ocupaban la estrechez de la nave entre cachazos y palabrotas, pero cuando era su turno de estirar el celular para hacerles la cuota, no hubo mano que se lo recogiera.  Seita miró extrañada como los asaltantes bajaban sus armas y aterrados, sin decir palabra, descendían del vehículo con los ojos desorbitados incluso olvidando llevarse el botín.


 ¿Qué carajos?

La verdadera naturaleza de lo que Seita se había vuelto se develó en un después clásico pero no del todo. Un después de cita. Cine y cena de mil pesos que ya le habían costado a un machito que esperaba contraprestación y no estaba dispuesto a tomar un “no” como respuesta. 

La llevó a su casa y justo cuando estaba por bajarse del coche, le hundió los dedos en el brazo para evitarle se bajara. La azotó contra la puerta para desorientarla, la volvió a jalar y le tapó la negativa con la mano que tenía libre.  Del joven reposado y bien vestido que la había convencido de salir aquella noche poco había quedado, pero no se podría decir que tampoco quedara mucho de la “ella” que había iniciado la noche después del primer golpe.

En lugar de ser presión y miedo embarrándose contra la puerta, lo que Seita era se convirtió en un resplandor que a duras penas recordaba su forma; una silueta brillante que la delineaba remota pero que inclemente invadió con sus destellos a al acreedor/predador que dejó de serlo. La impotencia lo asaltó mientras alguien – su subconsciente - le orinaba desde un punto indefinido a manera de burla.

No, no ella, ella sólo era testigo de lo que pasaba con quien hubiera sido el que la hubiera violado si todo el miedo, el dolor y la vergüenza de una víctima no lo hubieran asaltado en ese momento.  Algo en el interior de Seita le había descargado desgarrador impacto al ser y ano del tentativo violador.

El tipo la soltó de inmediato y comenzó a llorar inconsolablemente como si hubiera sido ella y no él quien diera praxis al ataque.

Ella aprovechó el momento y salió del coche, ya como ella, no como la forma de luz en que se había convertido.

Pensó en correr para escapar, pero el volumen de los sollozos del tipo de pronto le llamaron a darse cuenta de que no había mucha alerta que validara su fuga.  Se quedó parada mirándolo en todo su “patético”, rojo y moqueando aferrado al volante como si fuera un escudo que lo salvara de su propia lujuria… Tras unos minutos que para él fueron eternos, volteo a verla por el cristal y con una vergüenza que le supuró la piel entera, trató de arrancar el coche al tiempo que intentaba de resolver el enigma de cómo pasar aire por el nudo que le había quedado en la garganta. Fue hasta el cuarto intento que el vehículo logró partir al compás de acelerones arrítmicos de piernas temblorosas.

Seita sospechó que aquél escape era consecuencia suya y algo de razón tuvo. Su cuerpo había reaccionado sin preguntarle proyectando algo que no sabía de cierto que tenía adentro pero que siempre había percibido como un olorcillo que no se logra identificar sobre el hedor de los días.

Era el efecto del archivo Atenea, pero ella no lo sabía.  Nunca lo supo del todo, como tampoco supo qué alma milenaria la había tocado a través del WI FI, pero si llegó a obtener un rudimentario conocimiento de cómo usar las extrañas facultades que le había otorgado.

El olorcillo se hizo indudable con los días, fue tomando forma y pronto llego a incluso a viciar el aire que respiraba. De ahí vendría luego su tragedia.  Pero hablar de ello es adelantarse demasiado.

Ella podía cambiar la actitud de la gente a su alrededor, o al menos cualquiera que le implicara una hostilidad o una “mal obra”.

En el remolino de navajas que arrastran los vientos de la ciudad, cualquier momento corta en busca de sangre.  Cruzar una calle en descuido, no moverse lo suficientemente rápido, ocupar demasiado espacio, estar en el lugar equivocado en el momento equivocado… Pecados que las navajas en el aire sobre el asfalto no perdonan y viene el grito, el claxonazo o incluso el impacto… ¡Sangre! ¡La ciudad quiere sangre!… Sería la de todos pero no la de ella…. O al menos eso llegó a pensar con Atenea de su lado.

Los enfurecidos automovilistas no le tocaban el claxon aún cuando cruzara la calle en un deliberado re-lentado, la gente que la atendía en las oficinas de gobierno la ayudaba mostrando una cara que estaban impedidos por función a develar: la de alguien que es solidario con los problemas del que tiene enfrente.

Su cuerpo emitía un brillo que la gente desestimaba como ilusión óptica y en esa ilusión, la cortada que en principio querían darle era por ellos recibida.  Su resplandor hacía que la gente sintiera las consecuencias de su propio maltrato antes de que pudieran cometerlo.

Entre risas nerviosas lo confirmó un taxista que pretendió cobrarle de más.  “Ya le iba yo a cobrar de más señito, pero luego me puse a pensar lo que sentiría si a mi me lo hicieran y pues… Mejor lo dejamos en cincuenta y que Dios la acompañe”.

Luego descubrió que también podía usar sus destellos para que el enemigo depusiera las armas aunque no las hubieran levantado contra ella.  Logró hacer que un camionero detuviera su bestia de Diesel para dejar pasar a un anciano que no podía ganarle la carrera al siga de la Avenida más ancha; pudo hacer que los niños en pandilla (los seres más despiadados de la creación) dejaran de martirizar al animal más débil de su entorno: Aquél escolapio chiquito que jamás supo a quien agradecer.

 

 

Debió estar en ella compartir sus dones porque si no el Archivo Atenea no se los hubiera dado.  Se tomaba un rato cada tarde para tratar de salvar a alguien de algún disgusto y su sentido de relevancia se vio con cada día magnificado. El problema es que el aire viciado normalmente hace que los sentidos se obnubilen.

 De haber sido más devota, se habría empezado a pensar con una misión divina, haciendo que los “chacas” dejaran de fastidiar “morras”, deteniendo la bronca o incluso el asalto ocasional… Lo cierto es que la fe no le daba para tanto y en lugar de creerse en sociedad con el Supremo empezó a pensarse más como un héroe de mitología barata con marca registrada y película en el cine; uno de esos con “poderes” e historias convulsionadas que se enfundan en un uniforme y luchan por la justicia o al menos por lo que quienes escriben sus aventuras consideran “justo”. 

Quizá debió cuestionarse sobre quién escribía su historia antes de adoptar un atuendo “de carácter” al dar sus rondas para enderezar entuertos.

No llegó a la máscara a la que quizá hubiera llegado con más tiempo, pero pensándose ajena al daño de obra o dicho, se tomo algunas libertades en el vestir que ocupaba para las labores que realizaba tras las horas de oficina. Nada para sobresalir demasiado,  pero si algo para ser reconocida: un conjunto que le marcaba las curvas y que su madre, de estar viva, le habría criticado por atrevido. Su prima, con quien compartía el minúsculo departamento donde vivían empezó a mirarla raro cuando se cambiaba por las tardes para “salir a caminar” con un atuendo que criticaba por considerarlo “peligroso”, pero igual empezó a dudar de su miedo al verla tan confiada.

Cierta tarde, el andar la llevó lejos, cerca de una zona residencial para gente que no tenía que preocuparse por departamentos de una recamara o del costo de lo que se mete en el refrigerador para la semana. Había sido una tarde tranquila… Hasta que dejó de serlo.

Del fondo de la avenida más ancha (esa en la que había logrado que un camión se detuviera para dejar pasar a un anciano) un enorme animal blindado de músculos cuadrados y pezuñas anti-ponchaduras se abalanzó sobre a un elegante automóvil azul que pretendía cruzar a penas más rápido que el mentado anciano.  El impacto la hizo cubrirse los ojos y rogar un poco por sordera, pero después de un chillido de llantas estremecedor, el impacto y luego partículas vaporizadas haciendo una cortina que deformaba a la vista lo ocurrido, el infame aroma a hule quemado y desolación le dejaron escena.

Le pareció como si un enorme rinoceronte negro hubiera hecho presa de un grácil leopardo en un documental de la vida salvaje… Pero los rinocerontes no comen leopardo y los leoporados no son de color azul ni llevan una marca en las llantas.


Dos hombres de cabeza afeitada descendieron del rinoceronte y se lanzaron contra una mujer con talle de escultura y elegante vestido verde que suplicaba perdón de su ex marido mientras se alejaba del leopardo azul invocando hijos, familia, y la caridad divina entre sollozos y plegarias.

Seita Navarro no lo pensó ni por un segundo y corrió a tratar de ayudarla mientras su piel comenzaba a brillar tan fuerte como podía….

Se suponía que el resplandor haría que los del rinoceronte dejaran a su víctima, que los tipos afeitados sentirían la angustia de ser obligados a hacer algo que no se quiere hacer y que el profundo temor de estar a merced de alguien que no la tiene los haría claudicar; se suponía que debían sentir todo el dolor de las heridas que la mujer había sufrido, el temor de no poderse defender… Deberían haber experimentado un horror indescriptible que los reduciría a sollozos, como los de su víctima indefensa… Y así fue.

Cada instante que los jinetes del rinoceronte se vieron bañados por el resplandor de Seita, fue un instante consumido en el peor de los infiernos, pero ni así dejaron lo que estaban haciendo.

Eran militares y el Cartel había secuestrado a sus esposas. Habían amenazado con enviárselas en pedazos si no victimaban a la dueña del leopardo azul y ni el resplandor más fuerte ni la más infame llama del infierno habría podido detenerlos… Y como no podía haber testigos…

De un tiro certero cayó la del vestido verde y luego cuatro se llevaron la vida de Seita Navarro antes de que su cuerpo cayera al suelo, pero su alma…

El archivo Atenea se actualiza continuamente y algún día espera que la persona correcta lo encuentre para cambiar al mundo.

 

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